“Dios no es impasible ante el sufrimiento humano”, reflexiones bíblicas de Mons. Fernando Chica.

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El programa Tu palabra me da vida de hoy tiene como título: “Dios no es impasible ante el sufrimiento humano”. En esta ocasión, Monseñor Fernando Chica Arellano reflexiona acerca de un pasaje del Evangelio según San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17).

A la hora de hablar de Dios, la palabra “entrañas”, y lo que significa, ocupa un lugar central en la revelación bíblica. Dios tiene entrañas de misericordia y por eso nuestras miserias no le dejan indiferente. Él se acerca al que lo está pasando mal, al que atraviesa la noche oscura de la enfermedad, la pobreza, la amargura o la soledad. Dios no es impasible ante el sufrimiento humano.

Hace poco que hemos clausurado el Año de la Misericordia, auténtico regalo del Papa Francisco a la Iglesia. La Puerta Santa del Jubileo se cerró con toda solemnidad el mes de noviembre de 2016, pero lo que jamás termina es la ternura de Dios, que al decir del Santo Padre en la bula de convocatoria jubilar, “no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo” (MV, 7).

Así es el amor de Dios, y la señal de que lo has acogido y de que permanece en ti es que al ver a un hermano necesitado no le cierras tus entrañas, ni tampoco tu casa. Sabiendo esto, podrías preguntarte: ¿le pido a Dios tener unas entrañas como las que se manifiestan en la vida de Jesús, el rostro humano de Dios? Ante el dolor de los que viven contigo, ¿reaccionas positivamente?,  ¿te da igual?, ¿te enclaustras en tu propio interés? Ante los hambrientos, los indigentes, los emigrantes y refugiados ¿sales a su encuentro?, ¿compartes tu vida y enseres con ellos?, ¿te aíslas en tu propio egoísmo?

Jesús es el Buen Samaritano que se compadece de ti y de mí. Cura nuestros corazones duros y nuestras entrañas endurecidas con el bálsamo de su amor. Ante nuestra debilidad, Cristo vierte sobre nosotros su misericordia y de esta manera nos ayuda a purificarnos de nuestra superficialidad y orgullo, de nuestra indolencia y soberbia, de nuestra sordera ante el clamor de los necesitados, de nuestro afán de acaparar, de nuestros ensimismamientos y desprecios, de nuestras prepotencias u olvidos. Por eso y para eso quiere tocar nuestra vida con su gracia, y quiere abrirla para que sintamos como propios los problemas de las personas que sufren. Cristo no quiere que nos apoltronemos, que nos quedemos en el sofá de nuestra comodidad. Por el contrario, desea que nos pongamos en movimiento y salgamos en busca de los desvalidos de este mundo.

Ha llegado la hora de que, ante el necesitado, abandonemos las palabras vacías y pasemos al compromiso, a una voluntad activa y concreta. Ante los pobres lo que cuenta es la ayuda tangible, no la retórica ampulosa.

Igual que el leproso del Evangelio dijo a Jesús: “Si quieres puedes sanarme” (cfr. Mateo 8,14; Lucas 5,12-16), hoy los hambrientos y sedientos, los desfavorecidos de este mundo nos dicen a ti y a mi: Si quieres puedes ayudarme; si quieres puedes colaborar para que acabe el hambre en el mundo. Como Cristo acogió la petición del leproso, se alegra de que nosotros nos abramos a los gritos de los menesterosos de la tierra. Si quieres puedes tener un corazón generoso, compasivo y solidario. De parte del Señor no te va a faltar su gracia. Lo que a veces falta en nosotros es la voluntad de ponernos mano a la obra y ayudar a los que menos tienen. Además ‘dando’ y ‘dándonos’ nos adiestramos, hacemos que nuestra caridad sea vigorosa y ayudamos a las futuras generaciones a que desarrollen el músculo de la ‘generosidad’, lo cual es vital para el futuro de la humanidad.

(Mireia Bonilla para RV)